XII DOMINGO ORDINARIO
21 de junio de 2009
Por: Pbro. Benito Galván Rivera
Queridos hermanos y hermanas:
¿A qué le tenemos miedo?
¿Por qué nos acobardamos ante las adversidades?
Celebramos hoy el XII domingo del Tiempo ordinario. Un espacio propio para la reflexión y el crecimiento cristiano. En este domingo la Palabra de Dios nos interpela, como a los discípulos, con una doble interrogante: ¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?
El miedo, es sin duda, una experiencia central de la vida humana, que nos hace tomar conciencia de nuestra fragilidad. Es un mecanismo presente en los genes que nos inquieta, angustia o incluso paraliza frente a algún peligro inminente. Lo experimentamos a modo de sentimiento y lo resolvemos en llanto, grito, disimulo o parálisis.
En el manejo de éste está la clave para resolver las adversidades y contrariedades de la vida; de modo que en lugar de gritar, llorar o paralizarse se podría o bien, hacer frente al problema, conscientes del riesgo que se corre o evadirlo inteligentemente.
Una de las constantes en la pedagogía del anuncio del Reino es la invitación por parte del mismo Jesucristo, a no tener miedo, a echar mano de la fe ante las adversidades para vencerlas y continuar creciendo.
El evangelio de hoy, con una riqueza simbólica, nos ilumina en el tema y nos sugiere un nuevo modo de ver la vida y sus contrariedades. Vemos en primer lugar que el suceso se desarrolla al atardecer, es decir ya casi al anochecer, cuando todo se torna confuso, cuando reina la oscuridad; primer factor que en mayor o menor intensidad provoca en los discípulos una discreta incertidumbre. A esto se suma el fuerte viento que se desató y amenazó con hundir la barca. Pero el mayor desconcierto es ver al maestro dormido mientras la tempestad amenaza en cada golpeteo de las olas que van llenando de agua la barca. “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Es el reproche que los discípulos hacen a Jesús, quien duerme holgadamente mientras crece la tempestad y con ello la angustia de la tripulación.
Lo que despierta a Jesús no es el duro golpeteo de las olas, ni el agua que se filtra hacia la barca, sino el reproche hecho por sus discípulos, a quienes, después de reprender el viento y enmudecer el mar, reprende y enmudece también con una doble pregunta: ¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?
Es claro que no les reclama el haber temido, sino la falta de fe. Porque si el Señor, que pone límites a la arrogancia de las olas, está con ellos, no hay por qué temer, no hay por qué dudar, no hay por qué acobardarse. En ese momento comprendieron que su Maestro era el mismo Señor, que al dirigirse a Job en la tormenta había manifestado su poder sobre el mar. Comprendieron que ninguna adversidad podía compararse con el poder majestuoso de su Maestro.
Podemos pensar que la barca es la Iglesia; la otra orilla nuestra meta, la del cielo; y la tempestad las adversidades que experimenta la comunidad de discípulos. No hay por qué desesperarse, ni angustiarse; antes bien hay que confiarse en el Señor, que aunque silencioso, está cerca de nosotros para procurar y garantizar la llegada al otro extremo. Porque incluso en el silencio Dios está actuando.
La invitación es por tanto a tener fe y confianza, a no dejarnos llevar por el ritmo de las adversidades y los problemas, sino descansar como el Señor en la oración, conscientes de que nuestra labor es limitada y aunque se sea pescador y conocedor de los mares, reconocer que hay fuerzas que nos rebasan y que solo a la luz de la fe se pueden sobrellevar y resolver.
La fe siendo un nuevo horizonte, es el núcleo central de la vida nueva; el gen del cristiano; y ha de ser vigorosamente vivida, suficientemente pensada y cabalmente operativa.
Que el Señor nos conceda abrir nuestra inteligencia a la luz de la fe y depositar nuestra confianza en su Señorío, para que reconociendo nuestras limitaciones podamos aceptar su ayuda y su gracia operativa.